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Terra
La Coctelera

De nómada y estudiante desesperada a artista en progreso

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Deseos Internos III: Capítulo XL (Capítulo Final)

AVISO IMPORTANTE: El final de este capítulo es MUY FUERTE. El contenido en Angst a lo largo de todo el capítulo es muy alto. Leerlo o no es tu responsabilidad, pero luego no me culpes a mí por los posibles traumas. Gracias ^^

 

40.

Era el momento idóneo. Al fin, ambos estaban solos. Cristina acababa de irse a trabajar, lo cual les garantizaba que no estaría presente en las próximas horas. Habían pasado un par de días, así que lo lógico era pensar que el impacto del momento y la incomodidad ya se habrían esfumado. Por un momento, se le pasó por la cabeza que hablar con su ex de un tema tan peliagudo en una slaa llena de cuchillos y otros objetos peligrosos no era buena idea, pero casi se pegó a sí mismo por aquello. Sabía que Johanna no era esa clase de chica.
Al oír toser a alguien, la chica dejó de picar pimiento verde y giró la cabeza. Marco estaba en la puerta, apoyado contra el quicio.
-Ah, hola -sonrió- Estaba haciendo la comida. ¿Quieres?
-No, todavía no tengo hambre -contestó él- ¿Tienes un minuto?
Dudó un momento. Una parte de ella quería decir que no. Fuera lo que fuera, tenía la sensación de que lo que iba a oír no le iba a gustar. Por otro lado, no podía escapar de él. Y, en el fondo, tampoco quería hacerlo. Al fin y al cabo, él seguía siendo su amigo y compañero de piso. Así que al final asintió.
-Claro. Dime.
La pelirroja dejó el cuchillo sobre la tabla de madera y se volvió, esta vez de cuerpo entero. Marco inspiró. No iba a ser tan fácil.
-Llevaba ya unos días queriendo hablar contigo -comenzó- Bueno... desde que te mudaste aquí, para ser más exactos.
Ya se imaginaba de qué iba aquello, así que se limitó a asentir una vez más. No tenía nada que decir. Aquello no ayudó a Marco. No sabía por dónde empezar. ¿Debía disculparse por cómo los había encontrado a él y a Cristina al llegar? ¿Debía preguntarle directamente cómo se sentía? ¿O tal vez no debería decir nada?
-Verás, Johanna, lo que viste el otro día... lo que estábamos... ehm... -su propio tartamudeo lo puso nervioso- Quiero decir, Cristina y yo...
-¿Estáis... saliendo o algo así? -aventuró la chica.
-Algo así, sí -ni siquiera él mismo sabía cómo llamarlo.
-Entiendo. Eso es bueno.
-¿Lo es? -preguntó- ¿También... para ti?
Johanna pestañeó. ¿Realmente quería saber lo que pensaba de aquello? Parte de su corazón sonrió. A lo mejor aún le importaba a pesar de todo...
-Sólo quería asegurarme de que no tuvieras ningún problema -explicó Marco.
-Ah... no, ningún problema -dijo con firmeza- Si tú eres feliz, yo también.
El sueco asintió.
-Lo soy. Me alegra oírlo.
-Sí -la pelirroja sonrió avergonzada- Yo, esto, voy a seguir cocinando.
-Vale. ¡Que aproveche!
Johanna le dio la espalda. Una vez oyó que sus pasos se alejaban lo suficiente, suspiró aliviada. Seguramente, si la conversación hubiera sido más larga, habría explotado con tanta tensión.

-¿Y de verdad no tienes ningún problema con ello?
Buena pregunta, pensó para sí misma al remover su cappuccino con una cucharilla. Simplemente se encogió de hombros.
-Sí -repuso Johanna; su voz sonaba algo más aguda de lo normal.
Alex entornó los penetrantes ojos oscuros, desconfiada. Contempló a su amiga ahogar sus pensamientos en un sorbo de café, y vio que miraba en todas direcciones menos a ella. La austríaca mentía.
-¿Seguro? -insistió- Yo no soy Marco. Sabes que conmigo no tienes que fingir, ¿verdad?
Lo cierto es que en el fondo se moría por hablar con alguien. Alexandra Szymanska era una de sus mejores amigas, precedida sólo por Sharon, desde que se habían conocido en aquella clase de Estudios de Género en la universidad dos años antes. Aunque no habían tenido mucha relación durante la estancia de Johanna en el campus, seguían teniendo mucha confianza. Johanna suspiró.
-No lo sé -admitió por fin al tiempo que negaba con la cabeza- Supongo que debería.
-¿Por qué? -la otra chica arrugó la frente.
Johanna se encogió de hombros una vez más, visiblemente incómoda. Jugueteó con la cucharilla, como hacía siempre que no le gustaba el tema de conversación.
-Me lo merecía, ¿no? -torció la boca ligeramente- No podía dejarlo y esperar que estuviera a mi disposición en cuanto cambiase de idea. Además, es un tío genial. Debí saber que encontraría a alguien.
Tomó un trago más largo de café. Alex siguió mirándola fijamente por encima de su vaso de tubo, lleno de té helado. Aunque muchas veces había admirado el temple de su amiga, su manera de reprimir sus propios sentimientos empezaba a cansarla.
-¿Aún lo quieres?
-¿Qué importa?
La morena se mordió el labio para ahogar un resoplido.
-No has contestado a la pregunta.
-Lo sé -al fin, Johanna se dignó a mirarla- Pero eso da igual.
-O sea, que lo sigues queriendo -afirmó Alex con una media sonrisa.
Esta vez fue Johanna la que mostró su irritación. Entornó los ojos verdes al responder:
-Como te he dicho, da igual si lo quiero o no. Eso no cambiará nada. Yo corté con él. Ahora está con Cristina y es feliz. Lo acepto.
-Aceptar no es lo mismo que no tener ningún problema -observó la morena.
-No, pero me alegro por él si ella le hace feliz. No tiene sentido que me machaque pore so.
Tan cabezota como siempre, pensó la polaca al beber un poco de té. Sólo quería que su amiga se desahogase de una vez.
-¡Joder, Johanna! -terminó por explotar- ¡Deja de ser tan racional por una vez en tu vida! El hombre al que amas se está tirando a otra; ¡claro que tienes derecho a enfadarte!
-No, no lo tengo -insistió Johanna- Fui yo la que lo dejó escapar porque necesitaba un cambio. Ahora él ha encontrado a alguien y yo no. Parece que el cambio no valió la pena, pero todo ha sido culpa mía. Si tengo que enfadarme con alguien, en todo caso es conmigo misma.
No podía negar que tenía su parte de razón. De todos modos, le parecía que ya era hora de que su amiga dejase de guardarse sus sentimientos y admitiera que lo estaba pasando mal.
-¿Sabes? Eso es justo a lo que se refería la tal Flora cuando te dijo que tenías que ser más inmadura. Siempre sigues tu cabeza y haces lo correcto. Nunca dejas que sea tu corazón el que decida ni te permites el más mínimo error.
-¡Ya empezamos! -suspiró la austríaca- Sé que terminaste Psicología hace años y todavía estás emocionada, ¿pero por qué no dejas ya de analizarme? Además, ¿de qué coño estás hablando, Alex?
-Te hablo de aquella vez en Fin de Año en la que te acostaste con mi compañero de piso. Sharon te echó la bronca por "robárselo" -la morena hizo gesto de comillas con los dedos- Y en vez de decirle que se callase como habría hecho cualquier otro ser humano, dejas que te grite, le devuelves cuatro gritos... y apareces a los dos días con una botella de vino y galletas hechas por ti para pedir perdón. Y siento hurgar en las heridas, pero tengo otro ejemplo: te quedas embarazada, y en vez de acojonarte y abortar, aceptas tu castigo natural y decides tener el hijo. No digo que yo no hubiera hecho lo mismo en esa situación; no lo sé. Pero el caso es que siempre eres demasiado responsable.
-No creo que se pueda ser demasiado responsible -se defendió Johanna- Y en todo caso, esto es distinto. Yo me lo busqué. En serio, ¿de qué me iba a server tener una rabieta ahora porque fue tan tonta como para dejar al mejor tío que he conocido?
Al fin. Lo había dicho. Por dentro, Alex sonrió triunfal. Lo que no le permitió exteriorizarlo fue que Johanna parecía a punto de derrumbarse. No la había visto llorar muchas veces - no solía hacerlo - pero reconocía a la perfección ese brillo en sus ojos. Le hizo sentir culpable.
-Dios, cómo odio esto -murmuró Johanna, más para sí misma. Luego miró a su amiga y continuó- Me has preguntado si aún lo amo; nunca dejé de hacerlo. Me arrepentí de dejarlo un Segundo después, pero sentía que no había marcha atrás. Intenté convencerme de que debía mantenerme firme en mi decisión porque sería para mejor...
-¿Entonces por qué lo hiciste?
-Simplemente pensé que, si no lo tenía al lado todo el tiempo y cambiaba de vida, me sería más fácil olvidar lo que había pasado. Y para él también.
-Sabes que es imposible olvidar esas cosas del todo, ¿verdad? -Alex arqueó las cejas- Pero bueno, al menos te divertiste haciendo locuras.
-Bueno... algo así. Salir de fiesta fue divertido las primeras dos o tres veces, y luego se me hizo aburrido. Pero no podía decir nada ni dejar de hacerlo porque, por triste que suene, realmente no tenía nada mejor que hacer. No tenía nada en común con mi compañera de habitación ni con sus amigos; lo único de lo que podía hablar con ellos era lo que había pasado la noche anterior, para lo que tenía que estar allí. Además, no salir suponía pasar tiempo a solas con mis pensamientos. Eso me daba pánico. Por no decir que es mucho más fácil fingir que eres feliz con tu elección que admitir que has cometido un error...
Muchas cosas empezaban a tener sentido. Las pocas veces que había hablado con Johanna cuando estaba en el campus, parecía contenta. Se llamó tonta por no darse cuenta de que era pura fachada. Debió tener en cuenta lo testaruda que podía ser su amiga. Ahora, al verla destrozada, tuvo que callar la parte de su mente que quería gritar a Johanna por ser tan estúpidamente orgullosa. Alex estaba segura de que Marco aún quería a su austríaca... ¿por qué iba a preguntarle cómo le sentaba lo suyo con Cristina, si no? Seguramente, si Johanna no se hubiera empeñado en forzar una sonrisa y decir que todo estaba bien, ya estarían preparándose para volver juntos. Y lo que es más: si hubiera seguido sus instintos en lugar de dejar a Marco salir de casa de Flo y Sharon sin más, no habría pasado nada de eso. Pero no era el momento oportuno. Ahora le tocaba ser buena amiga y confidente. Así que alcanzó la mano de la pelirroja por encima de la mesa y le dio un suave apretón en señal de apoyo.

Tarja odiaba esperar. Y lo odiaba aún más si era en un lugar público y tenía algo que ver con papeleo. De todas las cosas que la sacaban de sus casillas, el papeleo probablemente fuera la peor. No obstante, aquel día sentía que ésa era su única salida. Estaba desesperada.
Sentada en aquella incómoda silla de plástico, se preguntó cómo podía haber cambiado tanto su vida. Su trabajo era una de las pocas cosas que le quedaban tras perder a su novia y a muchas de sus amistades. Ahora también lo había perdido, lo cual hizo que se preocupase por cuánto tiempo podría seguir viviendo en su apartamento. Y todo por culpa de la tal Cat. No satisfecha con todos los problemas que le había causado, esa loca seguía intentando contactar con ella todos los días. Al fin, la finlandesa había tomado una decisión: ir a la policía. Al fin y al cabo, reconocer que se había acostado con una clienta ya no era un problema. Ya no tenía nada que perder.
-La documentación está lista -anunció una oficial- Gracias por su paciencia, señorita Koskela. Nos pondremos en contacto con usted en cuanto averigüemos más.
Se puso en pie y asintió educadamente. La frase le sonaba totalmente fría y vacía, como los amantes que insisten en que quieren mantener la amistad tras la ruptura; como el director de un cásting que nunca vuelve a llamarte. Su denuncia seguramente se perdería en un mar de documentos y nadie volvería ni a mencionarla. Con mucho optimismo, lo mejor que podía esperar era una orden de alejamiento contra Cat... pero eso era poco probable.
-Muchas gracias.
Por lo menos ya podía volver a casa. Para animarse, intentó convencerse de que serviría de algo. Ya había alguien más que sabía que Cat la acosaba, lo cual era un paso importante, pero no sabía hasta qué punto le sería útil. Así que se despidió de la agente de policía y salió de la comisaría.
Apenas se había alejado unos pasos del edificio cuando su móvil la sobresaltó. Había empezado a tener miedo del sonido de los teléfonos y los timbres, pues tenía miedo de que fuera ella. Sin siquiera mirar la pantalla, sabía quién llamaba. Pero ya estaba harta. Había llegado la hora de plantar cara, así que contestó.
-¿Sí?
Se la notaba cansada y harta. Y al oír aquella voz conocida al otro lado de la línea, se sintió aún más harta.
-Me decepcionas, Tarja. ¿Recurres a los grandes porque no puedes defenderte solita? Qué patética. Ésa no es la zorra sexy que conocí en el centro de estética.
-Déjame en paz, ¿quieres? -le espetó la finesa.
-Vaya, mírala cómo finge que tiene cojones -se burló Cat- Por desgracia para ti, sé que estás acojonada.
-¡Cállate!
La otra mujer soltó una fuerte carcajada. Si la hubiera tenido delante, Tarja habría querido darle un puñetazo. Iba a colgar, pero la voz de Cat la detuvo una vez más.
-¿Sabes? Si no fuera porque sé que la policía de aquí da pena y que no van a hacer nada, estaría muy cabreada contigo. Por suerte, estoy de buen humor, así que puede que te vienes conmigo a tomar un café.
-Preferiría pegarme un tiro antes que ir a cualquier sito contigo, Charlene -masculló Tarja entre dientes.
Rebuscó las llaves del coche en su bolso. Hubo un momento de silencio en la conversación. Tal vez al fin se hubiera terminado. No obstante, acababa de subir al vehículo cuando la otra mujer habló.
-¿¡Qué me acabas de llamar!?
La voz de Cat estaba llena de rabia. Tarja casi visualizaba la misma cara que había visto cuando la rechazó.
-Charlene -repitió al arrancar- ¿No es así como te llamas? ¿Charlene Meyer?
Silencio otra vez. Pero antes de terminar la conversación de una vez, los gritos de Cat le taladraron los oídos.
-¿¡Cómo cojones sabes mi nombre!?
-Haberlo pensado antes de denunciarme por acuso sexual, cariño. Ah, y no soy la única que lo sabe. Ahora la policía también.
-¡Has cometido un terrible error! Ahora sí que estoy cabreada... ¡No! ¡Estoy furiosa!
-Mira cómo tiemblo -dijo Tarja con sarcasmo.
-Pues yo sí que lo estaría, en tu lugar.
El tono de Cat acababa de cambiar. La ira seguía ahí, pero el miedo al enterarse de que la policía tenía su nombre real ya había desaparecido. Tarja se preguntaba qué querría decir.
-Sí, ya. ¿Y de qué lugar hablamos, exactamente?
-En primer lugar, sé que has perdido muchos amigos últimamente. Yo no querría perder a la única que me queda. O, si lo prefieres, hablamos... del cruce de la Avenida Collins y la Avenida Frederick.
Tarja agradeció que el semáforo se hubiera puesto en rojo. El impacto de lo que acababa de oír hizo que se detuviera de golpe. Cat se echó a reír.
-Síiii, te veoooo -canturreó.
-¡¿Me estás espiando!? -exclamó Tarja indignada.
-Espiar es una palabra muy fea. Pero sí, llevo días haciéndolo... Tener un coche rojo con una pegatina del Rainbow Garden en el parachoques trasero no es como para pasar desapercibida, querida. Por cierto, tu edificio tiene muy buena pinta. Lástima que te vayas a tener que mudar muy pronto.
-Estás loca -le escupió Tarja, asqueada.
-Bueno, reconozco que me vuelvo un poco... especial cuando las cosas no salen como yo quiero. Supongo que es lo que tiene ser hija única...
-¡Te quieres callar!
Estaba claro que Cat odiaba las interrupciones. Retomó su tono amenazador y oscuro de antes.
-No estás en condiciones de hacerme callar. No tienes ni idea de con quién hablas. Ya te he hecho perder tu trabajo; me pregunto cuántas cosas más te puedo quitar. Para empezar, si yo fuera tú, retiraría la denuncia. Puede que te tengas que gastar un dinero que no tienes en juicios. Desde luego, yo me aseguraré de que así sea.
Un escalofrío recorrió la espalda de la finlandesa. ¿¡Cómo podía ser tan retorcida!? El pánico se adueñó de su corazón. Conducía por una gran avenida, pero su vida acababa de convertirse en un callejón sin salida.
-¿Qué quieres de mí? -preguntó, incapaz de ocultar el miedo.
Al otro lado de la línea, Cat estaría sonriendo satisfecha. Se odiaba por darle ese placer. Respiró hondo para tranquilizarse. Una vez más, la risa de la otra chica no auguraba nada bueno.
-Ojalá me hubieras hecho esa pregunta antes. Me temo que ya es demasiado tarde.
-Todavía puedo volver a la comisaría y retirar los cargos. Así no tendrás de qué preocuparte.
-Hmm... no creo que eso sea suficiente -despreció Cat- Me has ofendido. Nadie me ofende y se va de rositas. Siento decepcionarte... bueno, no, no lo siento, si te soy sincera... pero hagas lo que hagas, ya no sirve para nada. Voy a convertir tu vida en un infierno, puta.
Sin darle a Tarja tiempo a contestar o replicar, Cat por fin colgó. No llegó a oír los gritos de la finesa, que le suplicaban que esperase y le preguntaban qué iba a pasar. Con el corazón acelerado y las lágrimas de rabia e impotencia fluyendo de sus ojos esmeralda, Tarja miró su móvil desesperada, como deseando que se pusiera a sonar de nuevo por arte de magia.
Distraída con sus emociones, no se dio cuenta de lo rápido que conducía, ni de que se había salido del camino. Al levantar la vista, el coche iba directo contra un muro. Estaba demasiado cerca para frenar. Presa del pánico, intentó virar, pero el vehículo no parecía responder. El pánico le había hecho perder el control.
Todo empezó a ir a cámara lenta. El teléfono se le deslizó de la mano al tiempo que la gruesa pared de cemento que tenía delante ocupaba todo su campo de visión. Instintivamente cerró los ojos, como si creyera que así el inevitable impacto sería menos doloroso. Un pensamiento le rondó la mente en los últimos milisegundos: al menos iba a morir en el momento justo para no ver cómo aquella psicópata le terminaba de arruinar la vida.

24, may | 6 comentarios Posteado por: lowlands En: El Maravilloso Mundo de la Ficción compártelo Tags: deseos internos, rpf, fanfiction, angst, romance

Deseos Internos III: Capítulo XXXIX

Penúltimo capítulo de la Parte III. Lleva ya algunos días escrito, pero me apetecía haceros esperar :P Este está totalmente centrado en Koskela, que últimamente no lo está pasando nada bien.

 

39.

 

Rechazó la llamada sin siquiera ver de quién venía. No le hacía falta. Cat llevaba toda la semana llamándola, en ocasiones varias veces al día. Tarja no tenía ni idea de cómo había conseguido su número. Y, sinceramente, prefería no saberlo. La situación ya era lo bastante inquietante como para encima buscar más detalles escabrosos.
Tras comprobar una vez más que había cerrado el coche bien, cruzó el aparcamiento. La sede central de la empresa para la que trabajaba se situaba en mitad de un polígono industrial; toda precaución era poca en lugares como ése. Al caminar sobre el suelo, lleno de gravilla, se arrepintió de llevar tacones para la ocasión. Aparte de que sus pies siempre tardaban en acostumbrarse al nuevo calzado, esos zapatos resultaban muy poco prácticos para la zona. El motivo por el que los llevaba era que se iba a reunir con su verdadero jefe, así que pensó que sería bueno ir bien vestida.
Lo cierto era que no sabía por qué querría verla su jefe. En los cinco años que llevaba trabajando allí, sólo lo había visto dos veces. De hecho, estaba segura de que ni siquiera sabía su nombre. ¿Qué podría querer de ella?
Comprobó una vez más la dirección mientras esperaba el ascensor. Era la tercera planta. Al otro lado de la puerta de cristales, veía filas y filas de escritorios, personas que corrían de uno a otro, que contestaban llamadas o se ahogaban en mares de papel. Torció el gesto. Ésa era la clase de trabajos que siempre había detestado, y se alegraba de que el suyo fuera completamente distinto.
Al bajar del ascensor en el tercer piso, lo primero que vio fue un mostrador. Tras él, una mujer menuda con unos auriculares hablaba con alguien. Colgó justo a tiempo para darle a Tarja las indicaciones de dónde encontrar el despacho de su jefe. Cuarta puerta a la izquierda. La finlandesa le dio las gracias amablemente y se apresuró en llegar allí.
Su jefe, un tal señor Adams, le dio un apretón de manos y le pidió que se sentara. Era un hombre de mediana edad trajeado, tan estéril y con pinta de autómata como todo lo que había en aquel edificio. Sin dar muchos rodeos, le dijo:
-Señorita Koskela, le he pedido que viniera a mi oficina porque el asunto que nos concierne hoy es muy serio. Como entenderá, los temas tan delicados como éste sólo se pueden tratar en privado y cara a cara.
Su tono era muy educado, pero su discurso estaba tan lleno de términos técnicos y eufemismos que Tarja sintió que se irritaba desde el principio. ¿Y ahora qué? Estaba claro que no eran buenas noticias; ¿no podía limitarse a decirlo y saltarse las formalidades? Seguramente sólo fuera un recorte de salario o algo así. O tal vez quería que corroborase que el rumor de que su compañera Amanda robaba pintauñas era cierto. Fuera lo que fuera, estaba lista para todo.
- ¿Conoce a alguien llamada Charlene Mayer, señorita Koskela? -preguntó Adams.
La pregunta la pilló por sorpresa. No obstante, mantuvo la calma al responder.
-No, no me suena el nombre.
Él se echó hacia atrás en la silla y la miró ligeramente por encima del hombro. Entrelazó los dedos y estiró suavemente los brazos.
-¿Está segura?
Ella asintió. Con algo parecido a un suspiro, su jefe llamó a su secretaria a través del interfono.
-¡El video, por favor! -ordenó.
Rápidamente, una mujer muy delgada entró en la habitación y trajo un objeto que parecía ser un CD. Sin decir una palabra, se lo entregó a Adams, dio media vuelta y se fue. Por un momento Tarja se preguntó si sería un robot. Antes de meterlo en el ordenador, le dirigió a la finesa una mirada significativa con las cejas ligeramente alzadas, y señaló a la pantalla que tenía detrás.
Tarja permaneció callada y tranquila en su silla, de brazos cruzados. No sabía lo que estaba pasando, así que aún no había motivos para preocuparse. Mantuvo su cara de poker. Sólo mostró algo de emoción cuando empezó el video y reconoció la escena. Todo el color desapareció de su rostro. Allí estaban ella y Cat, el día que se conocieron, practicando sexo cuando se suponía que debía maquillarla.
-Repetiré la pregunta de nuevo: ¿está segura de que no conoce a Charlene Meyer?
¡Las cámaras de seguridad! ¿Cómo había podido olvidar que tenían cámaras de seguridad en la trastienda? Mantuvo la compostura, tragó saliva y decidió no mostrar su ira ni su miedo.
-No la conocía por ese nombre -se limitó a responder.
-Entiendo. Por otro lado, ¿sabe usted que, según la política de empresa, no está permitido mantener relaciones sexuales con los clientes?
Asintió. El hombre se levantó de la silla y comenzó a deambular por la habitación.
-La señorita Meyer estuvo aquí hoy -explicó- Al parecer, quiere denunciarla a usted por acoso sexual.
¿¡Acoso sexual!? Había sido Cat quien había ido por ella. Quería protestar, pero pronto cambió de opinión. Al pensarlo fríamente, se dio cuenta de que era imposible saber algo así al ver el video. A ojos de todo el mundo, era ella quien había infringido la política de empresa. Tenía las manos atadas.
-Como podéis imaginar, señorita Koskela, una demanda dañaría gravemente la imagen de esta compañía -se detuvo y colocó las manos al borde del escritorio mientras la observaba- No nos lo podemos permitir. Por ello, nos vemos obligados a prescindir de sus servicios.
-¿Estoy despedida? -preguntó.
No podía creer lo que oía. Para su tormento, Adams asintió.
-Me temo que sí, señorita Koskela. Esta semana será la última que trabaje en nuestro centro de estética.
Tarja siguió callada. Miró al suelo de la manera más inexpresiva que supo, aunque el cóctel emocional que llevaba dentro estaba a punto de explotar. ¡Esa zorra! ¿¡Cómo podía hacerle eso!? Era aún más retorcida, más psicótica de lo que imaginaba... Por otro lado, no podía creer que fuera a perder su trabajo después de tantos años. ¿Qué iba a hacer ahora?
-¿Entiende? -preguntó Adams, obviamente harto de sus silencios.
-Sí -repuso ella con suavidad.
-De acuerdo. Eso es todo. Ha sido un placer trabajar con usted y le deseo lo mejor en nombre de la compañía.
-Gracias.
-Puede retirarse -asintió con la cabeza- ¡Ah! Y dígale a la señorita Valinsky que se le ha enviado un aviso a su casa. Sabemos lo del pintauñas.
Lentamente, se puso en pie y abandonó la oficina. Nadie se habría imaginado lo que le pasaba por la mente al cruzar el pasillo de nuevo y despedirse con un gesto de la recepcionista, ni cuando tomó el ascensor a la planta baja. No se permitió derrumbarse y llorar hasta el momento en el que alcanzó el aparcamiento.
Espalda contra la puerta del conductor, dejó que su cuerpo se deslizase hacia abajo y se sentó en el suelo, abrazándose mientras lloraba. Las mangas del abrigo hacían las veces de pañuelo para secarle las lágrimas. Estaba aterrorizada. Toda su vida parecía venirse abajo, y parecía que no podía hacer nada para evitarlo.
El hipo no le permitía respirar bien. La finesa intentó tomar aire profundamente para calmarse, pero no funcionaba. No se decidía por cuál de las sensaciones era peor: saber que no podía hacer nada para salir del lío en el que estaba o la idea de que ella sola se había metido de patas allí. ¿Pero cómo iba a saber ella que Cat o Charlene iba a causarle tantos problemas?
Y lo que era aún peor, se dio cuenta de que estaba totalmente sola. Su mejor amiga estaba en la otra punta del mundo, y había dejado de hablarse con Liv. Nadie podía salvarla. Ni siquiera tenía con quién hablar. Tal vez si tan sólo pudiera ir a tomar un café con alguien y desahogarse, la otra persona haría que viera las cosas claras y pudiera buscar soluciones.
Entonces se le ocurrió. No hacía mucho que se había topado con alguien con quien solía tener muy buena relación. Sharon era un excelente paño de lágrimas. Aunque más bien acostumbraba a ser ella quien animaba a la neerlandesa en sus malos momentos, sabía perfectamente que su ex era una amiga cariñosa y comprensiva. Algo más calmada, sacó el teléfono móvil de su bolso y buscó su número en la lista de contactos.
Por desgracia para ella, la belleza de ojos marrones no contestaría a su llamada. Flo y Sharon se encontraban esa tarde de picnic romántico, y habían acordado apagar los teléfonos...

13, may | 3 comentarios Posteado por: lowlands En: El Maravilloso Mundo de la Ficción compártelo Tags: deseos internos, rpf, fanfiction, angst, romance

Deseos Internos III: Capítulo XXXVIII

38.

 

Apenas había entrado en la casa y ya se dejó caer en el sofá con la cara hundida en las manos. Divertida, Sharon observó a su novia por encima de la revista que estaba leyendo.
-Un día cansado, ¿eh?
Antes de responder, Flora cerró los ojos con fuerza y se recostó sobre el respaldo.
-¡Dios, esta chica sí que tiene equipaje!
El comentario hizo soltar una risita a Sharon. Dejó la revista y comentó:
-Sí, típico de Johanna. Siempre necesita tener sus cosas favoritas cerca, no importa cuánto tiempo pase fuera.
-Me he dado cuenta. Hemos tardado una eternidad en vaciar su parte de la habitación. Por cierto, parece que está obsesionada con los colores chillones y los objetos decorativos raros.
-Lo sé, viví con ella tres años -sonrió Sharon- ¿Aún conserva el dado de plástico que cambia de color? Se lo regalé por su cumpleaños hace dos años.
-Lo conserva todo.
Una risilla más salió de la holandesa. Frotó el brazo de su exhausta novia con amor.
-¡Eres un cielo! Fuiste muy amable al ofrecerte a ayudarle con la mudanza.
-No sabía que fuera a suponer tanto trabajo -Flora medio sonrió- Era broma. Aún tengo la sensación de que fue culpa mía que se mudase allí, así que quería hacer algo bueno y útil. Además, ella me cae muy bien.
-Y parece que tú a ella también. No tienes idea de lo importante que es eso para mí -Sharon dejó escapar un sonido que recordaba a los suspiros de alivio- ¡Al fin mis amigos y mi novia se llevan bien!
-Son muy simpáticos. No sé cómo podrían no caerle bien a alguien.
-Lo cierto es que era más bien al revés. Es la primera vez que a mis amigos les gusta una de mis novias. Bueno, sin contar a Mike... por motivos obvios.
Flo sonrió. De algún modo, aquello la hacía sentir orgullosa. No mentía al decir que le parecía difícil no llevarse bien con los amigos de Sharon, al menos los pocos que había conocido. Sin embargo, a la vez estaba sorprendida.
-¿En serio? ¿La primera? ¿Cómo es eso?
-Bueno, primero estaba Kimberly. A la mayoría les parecía bien, pero Johanna y ella se odiaban. Además, cuando lo dejamos, muchos me confesaron que les parecía una perra arrogante.
-Puaj, cómo lo odio -Flo puso los ojos en blanco- Es un fastidio cuando estás con alguien y todo el mundo parece alegrarse... pero luego te das cuenta de que era mentira.
-Supongo que no querían hacerme daño -Sharon se encogió de hombros- Pero lo opuesto también es doloroso. Aprecio mucho la sinceridad, como todo el mundo... pero no es agradable que tus propios amigos te suelten sin miramientos que odian a la persona que te hace feliz.
-¿Te pasó alguna vez?
-Sí. Bueno, odiar es una palabra muy fuerte... pero ninguno de mis amigos tenía mucho cariño a Tarja y no se esforzaron demasiado en ocultarlo.
-¡Vaya! ¡Me pregunto por qué!
Aquel comentario sarcástico le consiguió un golpecito juguetón de Sharon. Sin embargo, aquello no hizo que la giganta dejase de reír.
-Podía ser un encanto cuando quería -la morena defendió a su ex novia- Aunque debo admitir que aquello no sucedía muy a menudo.
-¿Ves? -bromeó Flo al tiempo que le devolvía el golpe- Bueno, sólo la he visto como dos veces, así que no tengo ni idea de cómo es... Aunque realmente me pregunto qué le viste.
Sharon jugueteó un poco con los dedos mientras su mente se transportaba a aquella época. Parecía que hubiera pasado una eternidad. Todos sus buenos recuerdos con Tarja desfilaron por delante de sus ojos: cuando se conocieron como amigas, cómo la ayudó la finesa a aceptar su sexualidad, cómo cuidó de ella tras romper con Kim, sus momentos especiales juntas... Después se acordó de su encuentro más reciente. Por un instante, al verla dejó de pensar en Tarja como la zorra, la infiel; la mujer que le había roto el corazón con sus mentiras y la había convertido en algo que odiaba. Durante aquel encuentro fortuito, la había vuelto a ver como la amiga, aquella con la que siempre lo pasaba tan bien.
-Era muy divertida -contestó al fin- Ya sabes, éramos amigas antes de empezar a salir. Ir por ahí con ella siempre era genial porque tenía muchas ideas locas y siempre conseguía hacerme reír. Era una amiga estupenda. Supongo que eso también era lo que más me gustaba cuando éramos novias: que fuera amiga y amante a la vez.
-Sí, supongo que eso es lo bueno de juntarte con alguien que primero fue amiga tuya.
-Algo tenía que tener de bueno, ¿no? -Sharon rió- Creo que me enamoré de ella por cómo me trató después de que Kimberly me dejase. Era muy atenta y protectora. Me llamaba todos los días para ver cómo estaba o venía a casa y me hacía compañía.
-¡Qué amable!
-Sí que lo era.
Flo juguó con una de las pocas mechas más claras que aún le quedaban en medio de su castaño natural. Sonrió levemente al admitir:
-Me cuesta imaginármela siendo simpática y cariñosa con alguien.
-Bueno, no se puede decir que fuera la novia más romántica que he tenido. A veces tenía detalles encantadores, pero por desgracia no era muy a menudo. Aunque debo decir que había una cosa que se le daba especialmente bien -nada más decir aquello en voz alta, la morena se sonrojó.
-¿Y qué era? -quiso saber su novia.
-Pues... el sexo -Sharon evitó la mirada de Flo- Era imposible aburrirse con ella en ese terreno.
Al recordar su inexistente vida sexual, algo ardió en el interior de Flo. Rezaba con todas sus fuerzas porque Sharon no le estuviera lanzando una indirecta. No, no podía ser. Seguramente estaba sobreinterpretándolo todo. Aun así, no pudo evitar asustarse. ¿Y si no estaba a la altura? Eso es una idiotez, se dijo. Sharon y ella ya se habían acostado muchas veces; puede que hubiera pasado mucho tiempo, pero la holandesa sabía cómo era en la cama. ¿Pero y si lo había olvidado y se daba cuenta de que no era tan genial como lo recordaba? La parte racional de su mente la obligó a dejar de preocuparse en vano.
-¿Ah sí? -preguntó inexpresiva, pues le preocupaba mostrar sus temores.
-Sí. Por no mencionar que tenía un apetito bastante increíble.
Ahí estaba otra vez. Flo enseguida se sintió avergonzada por el comentario. Lo tomó como una señal de que no estaba satisfaciendo las necesidades de su novia. ¿La dejaría si no se acostaba con ella pronto? De repente, sintió mucho calor. Seguramente se le estaba poniendo la cara colorada, y le sudaban las manos. Se sentía incómoda en su propia piel.
-A todo esto, ¿por qué estamos hablando de Tarja? -preguntó Sharon de pronto.
Flo tardó algo más de unos segundos en contestar. Sus propias preocupaciones la habían distraído, así que le costó asimilar lo que acababa de preguntar Sharon.
-Ah... no sé. Decías algo de que a tus amigos no les caía bien -se encogió de hombros.
-Ah sí. Por cierto, ¿he comentado que me la encontré el otro día? -informó la neerlandesa.
-¿Sí? ¡Ay, pobre! -Flo se mordió el labio con una expresión de dolor- Espero que no fuera muy embarazoso.
-Hm, lo cierto es que no. Me sorprendió gratamente. ¿Recuerdas cuando nos la encontramos en el supermercado? Ni punto de comparación. Fue muy agradable.
Esta vez, una sensación distinta se apoderó de la giganta. Celos. Desde luego, comentar lo de que había vuelto a ver a Tarja después de mencionar lo buena que era en la cama no era de lo más oportuno. Aunque sabía hasta qué punto era irracional, no era capaz de controlar sus sentimientos. Su naturaleza protectora hacía que no quisiera que le quitasen aquello que sentía como suyo.
-¿En serio? -alzó las cejas sin mucho entusiasmo.
-Mm-hm. Al menos no montamos una escenita en la calle -sonrió Sharon- Estuvo bien, para variar.
Quería cambiar de tema desesperadamente. Si oía una cosa más sobre Tarja, se pondría a gritar. Pero no podía decirlo en voz alta. Sharon no debía saber que se sentía amenazada por la finlandesa. Al mismo tiempo, no obstante, sentía la necesidad extrema de demostrar que era mil veces mejor que ella. Y sólo se le ocurría una manera.
Fuera lo que fuera lo que estaba diciendo la holandesa, un beso fogoso la interrumpió. Aunque se sorprendió, la morena respondió con la misma pasión al beso. Todo su cuerpo se sacudió de placer al sentir que la mano de Flora le acariciaba el costado, especialmente cierto punto cercano a sus caderas.
-Vaya... sorpresa -jadeó mientras tomaba aliento.
-Lo sé. Hay quien me dice que soy una caja de sorpresas -Flo le dedicó una sonrisa misteriosa, mientras seguía acariciándole el cuerpo- Y bueno, sí es verdad que me gusta ser enigmática e impredecible.
Sharon le devolvió el gesto. Su amante se derritió por dentro, como cada vez que veía esa expresión tan sensual en la cara de la morena.
-A mí también me gusta -susurró, y se inclinó hacia adelante con cada palabra para capturarle los labios.
Los besos continuaron, pero Flora ya no podía esperar más. Quería demostrarle que, oculta entre toda esa ternura, había una leona; una chica apasionada que no sólo sabía dar mimos. Por eso, empezó a acariciar a Sharon por debajo de la camisa. Y a su novia no pareció disgustarle la idea. Con un gemido suave, le devolvió los toques, pero escogió el regazo y los muslos de la otra mujer como territorio.
Todo se ponía interesante, así que había llegado la hora de pasar al siguiente nivel. Con cuidado de no dejar de tocarla ni un segundo, Flo empezó a atraerla hacia así, cada vez más cerca. Se dirigía hacia las escaleras y sus intenciones no eran nada puras. Con suerte, mejor antes que después, su amante estaría tumbada en la cama y ella estaría encima. Incapaz de resistirse a la tentación, empujó a Sharon contra la pared y le mordió la boca con pasión mientras sus manos recorrían todo su cuerpo, febriles.
Un beso más amortiguó el fuerte jadeo de Sharon. Sentía cómo la excitación se concentraba dentro de ella. No sin luchar, se zafó del abrazo de Flora, que la sujetaba a la pared como clavada, sin posibilidades de defenderse. Sólo entonces percibió claramente la fuerza de su chica. Con cuidado, la empujó y le tomó la mano para conducirla hacia arriba. Unos pocos escalones las separaban del primer piso.
La holandesa se maldijo a sí misma por tropezarse con uno de los peldaños y caer. Estaba segura de que aquello les cortaría el rollo. Sin embargo, la excitación de Flo era demasiado fuerte como para que un detalle estúpido como ése la distrajera. Ni siquiera la ayudó a levantarse. En lugar de eso, se sentó junto a ella en la escalera. Había llegado el momento de tomarla. Allí mismo. Ahora mismo.
En cuestión de segundos, su ropa estaba tirada por todos los escalones mientras Flo saboreaba aquel cuello delicado. Sin embargo, no estaba siendo nada suave. Como una vampira, mordió aquella carne tan tierna, la recorrió con la lengua y la tentó con los labios. Al día siguiente lo tendría todo amoratado. No obstante, Sharon no se quejó.
La siguiente parada de la giganta fueron aquellos pechos exubertanes que tanto le gustaban. O, para ser más exactos, sus pezones rosados. Comenzó por estrujarlos y masajear mientras sus pulgares se detenían en sus aureolas erectas. El cosquilleo que Sharon notaba en su centro se hizo más fuerte, y la humedad subió. Lo que no imaginaba era que aún no había visto nada. De hecho, la mejor parte empezó unos minutos después, cuando no uno sino tres dedos entraron en ella sin avisar.
Satisfecha con su actuación, Flora miró hacia abajo, donde yacía su amante, que se retorcía y temblaba. A la vez, le encantó comprobar lo excitada que estaba. Sus dedos se deslizaron hacia el interior de su cuerpo sin ningún esfuerzo. Casi lo podía sentir en sus propios genitales. Con fuerza, le rozó las paredes; cada vez empujaba más hacia adentro. No obstante, quería asegurarse de que Sharon no sólo sintiera placer en su interior, así que estimuló su botón especial con el pulgar.
Un gruñido salió de la garganta de la morena. Su clítoris enviaba ondas de disfrute en todas direcciones de su cuerpo. En breve llegaría el clímax, pero se sorprendió a sí misma deseando que aquello no terminase nunca. Era una dulce tortura, de esas que nunca cansan.
Si lo llega a saber... Incluso después de que todo su cuerpo se sacudiera y el néctar de los delirios de Sharon casi le expulsase los dedos, Flo siguió adelante, creando magia en el cuerpo de su amada. No quería que el más mínimo resquicio de lujuria quedase insatisfecho, aunque la dama acabase agotada. Al fin y al cabo, no era la primera vez - ni sería la última- que hacía que una mujer tuviera dos orgasmos.

Antes de tocar el timbre, se colocó la ropa y el pelo. Era como un reflejo. Respiró hondo y al fin presionó el interruptor. A pesar de lo mucho que había deseado ese momento, Johanna se sentía extrañamente nerviosa. Seguramente tuviera algo que ver con que no veía ni hablaba con Marco desde la ruptura. Tal vez sólo fuera por impaciencia, pero le pareció que su ex tardaba mucho en abrir.
Por fin, allí estaba, en bata. Seguramente acabase de levantarse de la siesta. En su interior, la pelirroja sonrió emocionada por aquel recuerdo. Pronto volverían a descansar juntos, como en los viejos tiempos.
-¡Johanna! -exclamó.
Su emoción era tan ponderosa que no se había dado cuenta de que él no parecía alegrarse de verla. De hecho, sus ojos saltones mostraban algo entre la sorpresa y el miedo. Mas Johanna no lo notó.
-¡Hola! -saludó nerviosa- ¿Sabes qué? He hablado con el casero y... ¡me ha dejado volver a mudarme aquí!
Unos segundos transcurrieron antes de que él respondiera. Al hacerlo, sus mejillas se sonrojaron ligeramente.
-Ah... ¡qué bien!
-¡Síii! -exclamó la austríaca con alegría- ¡Te he echado tanto de menos!
-Sí, yo también... -su sonrisa, aunque era sincera, aún no dejaba de ser algo incómoda.
La chica soltó un suspiro de felicidad. En cuanto él se repusiera del shock inicial, podrían completar la reconciliación.
-¡Es maravilloso volver a casa! ¿Por qué no me ayudas con...?
-¿Qué pasa, Marco? -interrumpió otra voz.
Johanna no terminó su frase. Cristina acababa de aparecer. O mejor dicho, había salido de la habitación de Marco en braguitas y sujetador. Al ver a su compañera de piso, se le veía el pánico escrito en la cara.
-¿¡Johanna!?
El sueco bajó la mirada. De todas las situaciones incómodas que había imaginado en su vida, ésta era mucho peor que todas ellas. Todo quedó como congelado un momento. Nadie sabía qué decir. Johanna trató de asimilar lo que sus ojos habían presenciado sin pestañear. Cristina, por su parte, se abrazó a sí misma, más por vergüenza que por frío.
-Bueno, veo que estás ocupado -la más joven fue quien rompió el silencio- No quería interrumpir nada. Tú ve a terminar... lo que sea que estabas haciendo... y yo iré trayendo mis cosas y deshaciendo el equipaje.

6, may | 6 comentarios Posteado por: lowlands En: El Maravilloso Mundo de la Ficción compártelo Tags: deseos internos, rpf, fanfiction, romance, angst

Deseos Internos III: Capítulo XXXVII

Aquí viene un capítulo más de la saga Deseos Internos. Lo que más me gusta de esta entrega es que tenemos un poco de las tres historias principales (o más bien de las dos historias principales con Sharon como enlace entre ambas xD) Además, debo decir que la última escena puede resultar algo inquietante :O Ahí os lo dejo.

 

37.

 

A través de la rendija que separaba la puerta del marco, la veía tumbada en la cama. Tenía el pelo alborotado y la cara hundida en la almohada. La camiseta vieja que Flo le había prestado se le pegaba a la piel sudorosa; su ropa de la noche anterior estaba desperdigada por toda la habitación. Sharon sacudió la cabeza. Ésa no podía ser su hermanita.
-¿Tienes idea de lo que se tomó? -se giró hacia su novia.
-No estoy segura, pero tengo mis teorías -respondió la más alta- Ya no recuerdo cómo se llama, pero hace unos años estaba de moda una droga líquida. Se solía utilizar en las fiestas porque hace que la gente se sienta llena de energía y... bueno, aumenta el apetito sexual, así que muchos chicos se las ponían en la bebida a las chicas para aprovecharse de ellas -Flo se sonrojó ligeramente al mencionar ese efecto secundario.
Sharon se mordió el labio.
-No puedo creer que alguien pudiera hacerle eso a Johanna.
-Lo que yo no puedo creer es que se metiera ella sola en una situación en la que le pudieran hacer eso -corrigió Flora.
La neerlandesa asintió y dejó escapar un suspiro. Ambas echaron un vistazo más a la joven. Parecía estar profundamente dormida. Sharon no pudo evitar preguntarse si llegaría a levantarse en algún momento.
-No te preocupes, estará bien -la animó Flo, como si pudiera escuchar sus pensamientos- Le di agua y medicamentos. Cuando se despierte, le traeré un te... y hablaré con ella.
-Vale -dijo suavemente la morena- Llámame si necesitas algo, ¿de acuerdo?
-No te preocupes -repitió la otra mujer al tiempo que le posaba la mano en el hombro con ternura- Está todo controlado. Te enviaré un mensaje cuando se despierte. Tú vete a trabajar.
Antes de salir, Sharon dio un beso de despedida a su novia. Flo permaneció junto a la puerta de la habitación de invitados mientras oía de fondo que la entrada de la casa se cerraba. Desde luego, tenía muchas cosas que hablar con esa chica. Curiosamente, dio la casualidad de que la pelirroja se movió en ese mismo momento. Parecía que se despertaba.
-¿Johanna? -murmuró Flo.
La única respuesta que obtuvo fue una especie de quejido. La austríaca se dio la vuelta y se incorporó en la cama mientras se frotaba la frente. Aún no había abierto los ojos del todo.
-¿Cómo te encuentras? -preguntó la más alta.
Transcurrieron unos segundos antes de que Johanna contestase. Se llevó las rodillas al pecho y se envolvió entre la ropa de cama.
-Fatal. Y tengo frío.
-No pasa nada. Enseguida te traigo algo calentito de la cocina. Ahora mismo vuelvo.
La habitación estaba completamente a oscuras salvo por una pequeña rendija en las persianas. Incluso aquel diminuto rayo de luz le dañaba los ojos, así que los mantuvo cerrados. Todo le daba vueltas. Al menos ya no le latía el corazón a cien por hora y podía respirar bien. Sólo era una resaca normal y corriente.
Unos minutos después, oyó los pasos de Flo en la habitación y un sonido metálico junto a sí, donde se encontraba la mesita de noche. Sus sentidos se habían agudizado, así que enseguida reconoció el olor de una infusión. Se esforzó por abrir los ojos del todo y distinguió la silueta de su amiga al borde de la cama.
-Gracias -balbució.
-El té está aún muy caliente, así que ten cuidado -advirtió Flora- Tómatelo despacio.
-De acuerdo.
Permanecieron en silencio un rato. Johanna se concentró simplemente en respirar. Le dolían todas y cada una de las partes de su cuerpo. Además, se sentía culpable y extrañamente asustada de sí misma.
-Anoche nos diste un buen susto... -Flo fue la primera en hablar.
-Lo sé. Lo siento mucho.
No podía mirarla a los ojos. La vergüenza hizo que se encogiera aún más. Flo empezaba a sentir compasión por aquella pobre criatura indefensa que tenía ante ella. Se la veía tan frágil, tan destrozada. Una parte de ella quería tocarla, pero no estaba segura de que el contacto físico fuera buena idea.
-No pasa nada. Me alegra que me llamases. Quién sabe qué habría pasado si no lo hubieras hecho.
-Creí que me moría -susurró Johanna- De repente me sentía como muy inquieta. Era como si se me fuera a salir el corazón por la boca y no podía pararlo. Luego me mareé.
-Lo sé. Es lo que suele ocurrir con esas... cosas. Sobre todo si se mezclan con alcohol.
-Jamás pensé que fuera tan horrible. Cuesta creer que haya gente que hace esto a menudo.
El último comentario hizo que Flora esbozase una sonrisa. Le recordaba a la Johanna de la que tanto hablaba Sharon, la misma chica que había conocido antes del aborto.
-Yo, desde luego, ya he tenido suficiente -prosiguió la pelirroja- No pienso volver a ir a un rave.
-Buena idea -aprobó Flo.
Johanna asintió y dio el primer sorbo al té. Sus ojos se habían acostumbrado a la oscuridad, y los de Flora también. De ese modo, la giganta pudo discernir la expresión sombría de su joven amiga.
-Siento que tuvieras que verme así -se disculpó de nuevo.
-No tiene importancia, en serio.
-Sí que la tiene. ¿Sabes? He pensado mucho toda la noche. Cuando al fin se me pasaron los efectos de esa mierda, quiero decir -los ojos verdes se le humedecían- No puedo... dejar de pensar en toda la gente a la que he hecho daño. Me siento tan mal, Flo.
-Sssh, no pasa nada -al ver caer las primeras lágrimas, la novia de Sharon al fin se atrevió a acercarse y acariciarle el brazo.
-Pero es cierto. He decepcionado a todos los de la universidad, he sido muy desagradable contigo y con Sharon... Un día me encontraré sola y arruinada.
-No, eso no va a pasar -murmuró Flo- Hagas lo que hagas, tus verdaderos amigos siempre cuidarán de ti. Nunca nos perderás ni a mí ni a Sharon.
Aún con la cara empapada en lágrimas, Johanna se permitió tomar la mano de Flo y apretarla ligeramente. Aún se sentía muy débil. Con la vista en sus manos, volvió a hablar.
-¿Sabes qué es lo que más me aterra? Hay tantas cosas que no recuerdo de anoche... No sé si me acosté con alguien ni si tomé más drogas cuando estaba borracha. Lo único que recuerdo es encontrarme muy mal y acabar aquí. Si no me lo hubieras dicho, ni siquiera sabía que te llamé para que vinieras a buscarme. Hay tantas escenas que están borrosas...
Al oír aquello, el corazón de la giganta se aceleró. ¿Podría ser...?
-¿En serio? ¿Eso es todo lo que recuerdas? -quiso saber.
La menor asintió.
-Sí. Sé que hablé contigo, pero no recuerdo ni una palabra. Esas lagunas de memoria me dan pánico. ¿Y si he hecho algo horrible en estas últimas semanas al estar bebida y no lo sé?
-Todos hacemos estupideces cuando bebemos -la tranquilizó Flo- Estoy segura de que nadie te tendrá en cuenta nada de lo que dijiste o hiciste. Y estoy convencida de que no hiciste nada grave.
-Bueno, eso sin contar a todos los tíos con los que me he acostado -dijo la austríaca amargamente- Creo que empezaré a creer que dios existe si no he pillado ninguna venérea. Aunque me lo merecería.
-No digas eso, Jo. Nadie merece algo así.
-Supongo... Imagino que todo esto es sólo porque desearía acabar con todo.
Un escalofrío le recorrió la espalda a la más alta. Notó que se le helaba la sangre.
-¿¡Acabar con todo!? No hablarás en serio, ¿verdad?
Johanna se encogió de hombros. La indiferencia asustó a Flo.
-De todos los pensamientos que me han rondado la cabeza esta noche, uno lo tenía especialmente claro -explicó la pelirroja- He arruinado mi vida. Y lo he hecho yo solita.
-No lo has hecho...
-Por favor. No he hecho más que cometer errores. No sé cuánto más pueden empeorar las cosas.
-Bueno, ya sabes lo que se dice: si no puede empeorar, sólo puede mejorar -observó la giganta- Sabes que has hecho mal, pero eso es bueno. Ahora sabes qué no debes hacer. Eso es una oportunidad de hacer lo correcto.
-Seguramente sea demasiado tarde -sacudió la cabeza- Por supuesto que podría dejar de salir de fiesta y centrarme en los estudios... pero mi vida nunca volverá a ser la de antes, por más que quiera.
-Sí que puede. No podemos deshacer el pasado, pero eso no significa que no podamos pasar página. Has pasado por muchas cosas terribles y dolorosas, lo sé. Está claro que ya no eres la misma que hace seis meses, pero eso no es malo. De hecho, ahora eres más fuerte y te conoces mejor que antes.
La austríaca alzó las cejas. Al menos, quedaba claro que las palabras de su amiga le habían hecho reflexionar.
-Bueno, eso es verdad. Ahora sé que no soy tan fiestera. Y he recordado por qué nunca me ha gustado salir con la mayoría de gente de mi edad.
-¡Exacto! -una leve sonrisa iluminó el rostro de Flora.
Sin embargo, en vez de animarse, los ojos de Johanna se llenaron de lágrimas de nuevo.
-¿Qué sucede? -preguntó la giganta preocupada.
-Marco... ¡me he portado fatal con él! -sollozó- Anoche, mientras agonizaba, lo único en lo que pensaba era en cómo habría deseado estar a salvo en sus brazos. ¡Lo echo tanto de menos! Pero después de todo el dolor que le he causado... no creo que quiera volver a verme jamás.
-Sí que querrá -afirmó Flo mientras le tomaba la mano- Como te he dicho, tus auténticos amigos te quieren incondicionalmente, y él te quería más que nadie. Estoy segura de que te echa de menos.
Insegura, Johanna levantó la mirada entre lágrimas.
-¿No será demasiado tarde?
-Nunca es demasiado tarde.

Aunque el mensaje de Flo ayudó a que se tranquilizase, no se quitó a Johanna de la cabeza en todo el trayecto hacia su trabajo. Tal vez por eso estaba tan distraída que casi se chocó contra alguien mientras iba del aparcamiento a la oficina.
-Oh, ¡lo siento! Yo...
Dejó la frase en el aire en cuanto reconoció a la chica con la que acababa de toparse.
-¿Tarja?
-¡Ah! ¡Hola, Sharon!
La finesa la saludó con una sonrisa avergonzada. Por si chocarse contra alguien fuera poco...
-¡Vaya! ¡Cuánto tiempo! -la holandesa rió nerviosa y se colocó el cabello- ¿Cómo estás?
-Bien. Casi me como tu codo, pero por lo demás bien -Tarja sonrió divertida- ¿Y tú?
-Yo también. Bueno, ehm, ¿qué haces por aquí?
-Hace muy buen día, así que decidí ir al trabajo a pie -explicó la mujer de ojos verdes.
-Siempre tan atlética.
Durante la charla intrascendente, Tarja había estado examinando a su ex. La incomodidad, en gran parte, había desaparecido. Nada como una experiencia ridícula para romper el hielo, pensó. No obstante, había notado algo en Sharon. La última vez que se habían visto, ambas habían estado completamente a la defensiva, peleándose como dos niñas pequeñas. En cambio, en esa ocasión ambas estaban mucho más relajadas. Además, Sharon se veía radiante. La chispa en sus enormes ojos marrones, el tono alegre de su voz... le recordaban increíblemente a cómo era mucho antes de su relación, incluso antes de que Sharon mostrase interés por las mujeres. La holandesa era feliz. A diferencia del encuentro en el supermercado, en el que la amargura se olía a distancia, estaba claro que su ex novia no estaba con ganas de pelea. Tal y como la conocía, Tarja tenía claro que pocas cosas podían afectarle de ese modo, y la más probable era que estuviera con alguien. Con alguien que la hacía feliz.
-¿Qué tal con Liv? -quiso saber Sharon- Creo que la vi el otro día, pero no me reconoció.
-Lo cierto es que hemos roto...
-¡Oh, cuánto lo siento! -la belleza de ojos castaños se mordió el labio- Siempre meto la pata...
-No importa -Tarja se encogió de hombros- Ya hace tiempo de eso.
-Claro. De hecho, ahora que lo pienso, no te veo desde hace... ¡vaya, casi medio año!
-¿En serio? ¿Tanto tiempo? -la finlandesa entornó los ojos y calculó- Es verdad. No debimos dejar que eso ocurriera.
-No, claro que no. Siempre me lo pasé bien contigo -reconoció Sharon- Como amigas... quería decir como amigas.
Allí estaba. La tensión había vuelto. Ambas se quedaron calladas. A pesar de lo agradable que había resultado el encuentro, no se podía negar una verdad: puede que hubieran sido amigas, pero también eran ex novias. Su ruptura había sido muy intensa. ¿Habría pasado tiempo suficiente como para actuar con normalidad? Desde luego, intenciones no les faltaban.
-Esto... llego tarde al trabajo -Sharon jugueteó con una de sus mechas oscuras.
-Ah, claro. No te distraigo más, pues.
La morena asintió. Tras dedicarle otra sonrisa incómoda, le dijo:
-Me alegro de verte.
-Mucho. Deberíamos ir a tomar un café algún día.
Parte de Tarja deseaba que no la hubiera oído desde la distancia. No pudo evitar sentirse humillada. Unos meses antes, era ella la que estaba feliz con su pareja mientras Sharon iba por ahí con su ex, uno de los gestos más desesperados que existen. Ahora era la neerlandesa la que tenía una novia preciosa -fuera quien fuera- mientras ella intentaba quedar con su ex. No era que quisiese nada de Sharon. Simplemente la echaba de menos como amiga. Pero esa clase de comentarios son fáciles de malinterpretar. ¿Pensaría Sharon que se estaba arrastrando?
De todos modos, alejó los pensamientos de su mente. Empezaba a trabajar en media hora, razón de más para no darle vueltas. De hecho, apenas había abierto el centro de estética cuando se encontró cara a cara con otra distracción... por desgracia.
-¡Vaya, hola! -la saludó una voz.
No acostumbraba a recordar las caras de sus clientes, pero aquella sonrisa descarada era inconfundible. Por no mencionar que no se trataba de una clienta cualquiera.
-Ah, hola... ¿Cat, no? -Tarja sonrió amablemente- Llegas muy pronto, incluso antes que mis compañeras. Dame unos minutos para preparar las cosas y podemos empezar a maquillarte...
Cat se apoyó en el mostrador con uno de los brazos en jarras. La sonrisa seductora no se le quitaba.
-Lo cierto -se atusó el flequillo- Es que venía a verte a ti. Por eso estoy aquí tan pronto.
-¿Ah sí?
Aunque procuró no mostrarlo y se mantuvo ocupada clasificando productos de maquillaje, a Tarja no le gustaba nada cómo sonaba aquello. No podía ser nada bueno...
-La otra vez fue increíble.
Para que la situación fuera aún más tensa, tenía a Cat justo detrás, con los brazos rodeándole la cintura. Su aliento le acariciaba un lado del cuello mientras le susurraba unas palabras al oído.
-Vamos, repitámoslo ahora que estamos solas.
Tarja respiró profundamente y la apartó para dirigirse a la siguiente estantería. Le dio la espalda y le dijo:
-Mira, me siento muy halagada, pero... no me interesa.
-¿Qué quieres decir con eso? -dijo Cat, escéptica, con una media sonrisa.
-Quiero decir que me lo pasé muy bien contigo -la finesa terminó de organizar la balda superior de pintauñas antes de enfrentarse a la otra chica- Pero no va a haber una segunda vez. No me va ese rollo.
Por primera vez, la sonrisa se borró de la cara de Cat. Su expresión se volvió gélida y enfadada; sus labios parecían formar una línea recta.
-Ya veo. ¿Así que crees que puedes follarme y luego deshacerte de mí? ¿Es eso lo que haces con todas las chicas que conoces?
No obstante, Tarja no tenía ganas de drama. Se encogió de hombros, se dio media vuelta y siguió colocando la estantería.
-¡Mírame cuando te hablo! -ordenó Cat.
La manera en la que alzaba la voz, su tono autoritario y cómo le agarró del brazo para obligarla a volverse de nuevo empezaban a asustar a Tarja. En aquel momento, se dio cuenta de que la chica era más fuerte de lo que parecía.
-No puedes pasar de mí después de lo nuestro -masculló Cat entre dientes- No funciona así.
-Para mí sí.
La finlandesa habló con firmeza. Empezaba a tener miedo, pero estaba decidida a no mostrarlo. No va a pasar nada, se dijo. Por suerte, una de sus compañeras de trabajo entró en el local en ese instante, lo cual obligó a Cat a soltarla.
-¡Buenas tardes! ¡Vaya! ¿Ya tenemos clientes? -exclamó la recién llegada.
-No, esta chica sólo venía a preguntar dónde está Correos -mintió Tarja con calma, pues sabía que ya estaba a salvo- Ya se iba.
-Claro. Muchas gracias -una sonrisa falsa disfrazó la cara de Cat.
-De nada -dijo Tarja con voz cantarina mientras la acompañaba a la salida.
Una vez fuera, cuando la compañera de Tarja estaba ocupada haciendo otra cosa, Cat le lanzó una mirada de furia a la que había sido su amante de una vez. La finesa se limitó a mantenerle la mirada, desafiante.
-Esto no va a quedar así -siseó Cat- Te arrepentirás de cómo me has tratado.
-Que tengas un buen día -fue lo único que le dijo Tarja al cerrarle la puerta de cristal en las narices y volver dentro.

30, abr | 3 comentarios Posteado por: lowlands En: El Maravilloso Mundo de la Ficción compártelo Tags: deseos internos, rpf, fanfiction, angst, romance

Saliendo del "armario": los Otros

Naces. No te dieron a elegir, pero lo aceptaste porque la vida es un regalo. Amas a tus padres porque se lo debes a ellos. Eres un niño/a. Vas al colegio. Haces amigos. Juegas con ellos. Aprendes a ser como ellos. Los años pasan. Ahora eres adolescente. Empiezan a interesarte los chicos (o las chicas, si eres un chico). Haces lo que sea para conseguir uno. Primeras citas. Primera vez. Puede que también tus primeros cigarrillos, borracheras y fiestas. Pierdes poco a poco la inocencia. Luego creces. Te haces adulto. Vas a la universidad a estudiar. Tal vez no sea exactamente lo que te gusta, pero es útil y hará que tengas un futuro mejor. Más fiestas, nuevos amigos y nuevas parejas. Te licencias. Encuentras (o al menos lo intentas) un trabajo de lo tuyo. Te pones a trabajar. De 9 a 5, o tal vez más horas. Te casas con tu novio. Te mudas a otra casa en la que podáis estar solos. El momento es adecuado, así que tenéis un hijo. Luego puede que otro. Los crías. Los ves crecer. Y así es toda tu vida: niños, trabajo, comer, dormir, y otra vez a empezar... Y así hasta que mueres. Pero no pasa nada, ¡tu vida ha sido perfecta!








¡¿Perfecta?! Puede que normal, pero no perfecta. Y afrontémoslo: sólo lo llamamos normal porque es lo que hace todo el mundo. Eso es lo que se espera de nosotros, queramos o no. Al parecer, para eso estamos hechos. Todo el mundo, desde nuestra familia hasta nuestros amigos, e incluso nuestras series favoritas, nos hacen creer que eso es lo que queremos en realidad.

¿Y si no es así? Al fin y al cabo, nadie me preguntó si quería vivir. Bueno, eso ya es tarde para cambiarlo. ¿Pero y si nunca quise ser como mis amigos de pequeña? ¿Y si no me divertía jugar al pilla-pilla y los demás niños me parecían aburridos? Prepárate para ser "la rarita". Y en la adolescencia es igual, o peor. ¿Y si no me interesaban los chicos, ni las fiestas, ni los cigarrillos ni el alcohol? Prepárate para ser un perdedor si no entra en tus planes pasarte los fines de semana borracho en un sitio angosto lleno de hormonas con patas, mientras una música atronadora hace que te sangren los oídos. Y haz lo que puedas por mantener tu vida sexual lo más en secreto posible si no quieres convertirte en la zorra... o la monja.

Después lo peor se termina. Vas camino de la universidad. Mentalízate para los problemas con tus padres, profesores o cualquiera al que le importe tu decisión (a no ser que sean muy comprensivos) si no quieres estudiar Ingeniería, Ciencias de algún tipo o Medicina. Aún más si tienes la posibilidad o el talento necesario para hacerlo. Es por tu bien, te dirán. Puede que parezca mucho trabajo, pero valdrá la pena al final porque encontrarás un buen trabajo y tendrás un futuro mejor. Claro. ¿Y si mi idea de un futuro mejor no es trabajar ocho horas al día y ganar mucho dinero que nunca tendré tiempo de disfrutar? ¿Y si no creo que la Ingeniería, las Ciencias o la Medicina sean para mí? ¿Y si prefiero aprender a manejar cámaras y escribir guiones aunque no vaya a dedicarme a ello en mi vida y a otros les parezca inútil? ¿O y si en vez de ello prefiero ser bailarina, aunque cueste mucho ganarse la vida con ello?

Pongamos por un momento que hago caso a los más sabios (nótese la ironía) y me pongo a estudiar Medicina, pero luego decido no ser médico. Hora de protegerse los oídos, te van a caer muchas broncas. ¿¡Cómo puedes hacer algo así!? ¿¡Por qué perdiste diez años de tu vida estudiando algo si luego no te ibas a dedicar a ello!? ¡Después de que se molestaron en pagarte la carrera!

En este punto es en el que me encuentro ahora mismo. Soy una licenciada recién salida del horno (con un máster). Muchos me miraron mal cuando les dije lo que quería estudiar (al parecer, yo valía más que eso), pero la mayoría lo aceptaron al final. Sin embargo, mis propias parejas (!!!) me gritaron cuando dije que no estaba segura de que fuera el trabajo de mis sueños. O aún más: que no estaba segura de estar hecha para ningún trabajo "normal". ¡Lo siento (no, en realidad no), pero no me gusta la idea de pasarme la mayor parte de mi vida encadenada a un escritorio para que esperar a la muerte se me pase más rápido!

Toda esta entrada se podría resumir en una simple frase: NO soy normal. Y cuando digo normal, quiero decir "como los demás". Soy la carita sonriente amarilla entre las caritas tristes azules. El pez que nada a contracorriente. La Otra. Y estoy orgullosa de ello.

Habrá más entradas sobre este tema, pues tengo mucho que decir al respecto. Por ahora, si alguien se ha sentido identificado con algo de lo que he dicho, me encantaría escuchar vuestras historias. Como dice una de mis citas favoritas "Naciste siendo original; no mueras siendo una copia."

28, abr | sin comentarios Posteado por: lowlands En: Historias nymkateamínicas compártelo Tags: los otros, filosofia nymkateaminica, personal, suenos

Deseos Internos III: Capítulo XXXVI

Una vez más, siento haber tardado tanto en actualizar, pero entre cosas que hacer y falta de inspiración, me ha costado mucho empezar este capítulo (terminarlo, curiosamente, me llevó muy poco tiempo).

 

36.

No se atrevió a apagar la luz hasta que la habitación no estaba llena de velas. Su miedo a la oscuridad era fuerte, pero estaba dispuesta a superarlo en nombre del romanticismo. Flo llegaría a casa en cualquier momento, y quería sorprenderla. Todo tenía que estar espectacular. Incluso se había esforzado en cocinar ella misma; había preparado el único plato que dominaba por completo: pollo a la marroquí. También había arrastrado a Marco de compras unos días antes - sin importar cuánto insistiera en que no tenía ni idea de moda ni de qué les gustaba a las lesbianas. La habitación iluminada por velas, el champagne, la comida elaborada, su ropa, todo aquello servía a un único objetivo: quería asegurarse de seducir a su novia en cuanto entrase por esa puerta. Aquella noche, Sharon tenía la esperanza de que al fin fuera su noche.
El sonido de las llaves le hizo sentir un cosquilleo en la nuca. Sonrió para sus adentros por su buen control del tiempo mientras sacaba la bandeja del horno y la llevaba al comedor, donde sólo comían en ocasiones especiales. En cuanto vio a Flo, le quedó claro que estaba impresionada. Su expresivo rostro lo decía todo, al igual que sus preciosos ojos azules. No estaba segura de si reflejaban la luz de las velas o brillaban de la emoción.
-Veo que te gusta -sonrió Sharon, y colocó la bandeja en el medio de la mesa.
-¿Gustarme? ¡Me encanta!
Flora parecía hipnotizada. Buena señal, pensó Sharon. Así sería más fácil que sus artes mágicas funcionasen. Con una risilla suave, se dirigió a ella y le rodeó la cintura con los brazos.
-¡Vaya! ¿Y por qué todo esto? -exclamó Flo mientras su mirada se posaba en su novia, y enseguida se fijó en lo sexy que era su nuevo vestido.
La morena sonrió enigmáticamente y se mordió el labio inferior.
-Bueeeno... ésta es una noche especial. Por decirlo de alguna manera, ¿te has fijado en los calendarios?
La giganta trató de recordar y pestañeó varias veces. Aún faltaban un par de semanas para celebrar cuatro meses juntas, así que no podía ser eso.
-Hace exactamente tres meses me dijiste algo -habló Sharon, como si le leyera la mente.
-¡Ah! ¿Eso? -la otra mujer no pudo evitar esbozar una sonrisa y sonrojarse ligeramente- No puedo creer que te lo tomases tan en serio.
-Pues sé muy bien que no bromeas nunca con esas cosas -la holandesa enredó una de las mechas marrones de su novia en su dedo, coqueta.
-Cierto -rió- Lo que quería decir era que cuando dije que necesitaría al menos tres meses para confiar en ti y volver a acostarme contigo, no quería decirlo de forma tan estricta -sus labios dibujaron una sonrisa tierna al tiempo que le acariciaba el costado a Sharon- Gracias por haber respetado tanto mi decisión.
-No es nada. Al principio no me gustó, pero te entiendo. Eso sí, no me ha sido nada fácil contenerme para no seducirte en tanto tiempo.
-Oh, créeme, a mí sí que me ha costado resistirme a ti -Flo la atrajo hacia sí- Estás guapísima, por cierto.
-Me compré esto especialmente para ti -susurró Sharon a la vez que sus labios buscaban los de su amante.
A diferencia de sus besos habituales, algo cortos pero llenos de ternura, éste era más febril y apasionado. La manera en la que Flora le atrapaba el labio inferior y se autoinvitaba a entrar sin avisar casi le recordaban a la fogosidad de Tarja. Tras un contacto largo e intenso, se separó del beso con un gemido.
-He preparado pollo para la cena. Deberíamos tomárnoslo antes de que se enfríe. Si es que no quieres empezar por el postre, claro -le guiñó un ojo.
-Dios, suena muy tentador, pero me sentiría mal por desperdiciar toda esa comida. ¡Nadie se lo había currado tanto para llevarme a la cama! -rió la giganta- Sólo dame unos minutos para cambiarme.
-¿Cambiarte? ¿Para qué?
-Yo también quiero ponerme guapa para ti.
-No tienes que hacerlo, Flo.
-Ya sabes, quiero estar a la altura.
La morena sonrió. Aunque no necesitaba nada para estar preciosa, la tonta inseguridad de Flora le parecía extrañamente adorable. Decidió demostrárselo con un beso más.
-De veras no tienes que hacer nada. De hecho, cuanto antes empecemos a comer, antes empezará la parte divertida.
Su novia pareció estar de acuerdo con el argumento. Y se alegró de que lo hiciera, pues parecía disfrutar mucho del sabor exótico de la salsa combinado con la carne.
-¿Qué te parece? -preguntó Sharon sonriente.
-¡Está genial! Nunca entenderé por qué te quejas tanto de tus habilidades culinarias, en serio.
-En ese caso... -la neerlandesa se puso en pie y le lanzó una mirada sensual- Me alegra que te haya gustado. Y ahora vamos arriba -dijo mientras le quitaba el plato a Flo.
-¡Eh! ¡Ésa era mi cena!
-Lo sé, pero ya la has probado, y mañana seguirá estando aquí -a Sharon le costó no reírse mientras decía esa frase- La cena ha terminado. Y ahora, a continuar la cita en el dormitorio.
La más alta puso un pucherito de broma y se cruzó de brazos. Sin embargo, por más que intentara negarlo, ella tenía tantas ganas de pasar un buen rato con su novia como Sharon. Ni siquiera habían pasado dos segundos cuando se echó a reír.
-Vale, pero me sigo sintiendo mal por no haberle prestado suficiente atención al pollo después de que hayas estado toda la tarde trabajando en ello.
-¡Soy yo la que quiere que le presten atención!
-Dios, ¡estás tan salida! -exclamó Flo entre risitas, echando la cabeza hacia atrás, y bordeó la mesa para acercarse a ella.
Sharon hizo botar sus cejas un par de veces, y sus labios dibujaron su sonrisa más seductora.
-¿Y me vas a castigar por ello? -preguntó con voz grave.
-¡Claro que sí!
La morena ahogó un grito al recibir un azote por parte de su novia. Decidió vengarse y hacerle cosquillas a la más alta, que soltó una risotada histérica mientras intentaba defenderse. Como dos niñas pequeñas haciendo el tonto, se persiguieron escaleras arriba y terminaron por caer juntas en la cama, Sharon boca arriba y Flora encima de ella. Mientras tomaban aliento, se miraron a los ojos y sonrieron. Sus bocas se encontraron lentamente en un beso muy tierno de labios que se rozaban con amor.
Antes de empezar con los preliminares, Flo se tomó un momento para examinar a su novia. Estaba arrebatadora con su nuevo vestido rojo. El escote a pico realzaba mucho sus pechos, cosa que ella, como mujer de gran altura, disfrutaba enormemente. Por no decir que su novia tenía mucho que lucir. Además, siempre se alegraba la vista cuando Sharon llevaba algo corto: tenía unas piernas largas y atléticas, realzadas por los tacones que acababa de quitarse. Le acarició sus bellas curvas y empezó a besarle la parte desnuda del pecho. Sentía sus latidos contra su propio cuerpo, y cómo se volvían cada vez más rápidos y más fuertes. La holandesa tenía las manos a ambos lados de la cabeza con las palmas hacia arriba. Entonces se le ocurrió una manera divertida de tentarla. Le sujetó las muñecas con fuerza para que no se pudiera mover. A la vez, empezó a frotar la nariz contra la suya, tanto que sus labios casi se tocaban. Sin embargo, cada vez que Sharon trataba de besarla, apartaba los labios para posarlos en sus mejillas, su cuello o cualquier parte del cuerpo que quisiera. Su novia soltó un gruñidito de protesta.
-¡Eres cruel!
-Oye, te has currado mucho la cena de esta noche. Ahora me toca a mí ocuparme de la segunda parte.
Sharon se sentía impotente, así que respiró hondo y dejó que Flora siguiera divirtiéndose. Debía reconocer que la sensación no era desagradable. Llevaba meses deseando ese momento; qué le importaba esperar unos minutos más. Por eso, decidió relajarse y disfrutar. Flo se lo tomaba con calma y le acariciaba las clavículas y los hombros por debajo del vestido con los dedos. La mano de Sharon, la que acababa de quedar libre, se movió hacia la nuca de su amante y le acarició la melena. La giganta levantó la cabeza para sonreírle una vez más antes de dejar un rastro de besos por su estómago. Aunque la tela que se interponía entre sus labios y la piel de su chica le molestaba, no quería pedirle a Sharon que se quitase el vestido. Desde luego, había sido una gran compra.
Pronto ya no quedaba más vestido que besar, y Flo no quería hacer esperar a su amor. Con cuidado, le levantó la falda y le quitó las braguitas. La oía jadear; se imaginaba lo que venía después. Mientras sus uñas rascaban la parte interior de aquellos preciosos muslos, su otra mano empezó a calentarla, a enredarse en su vello púbico y a acariciarle las ingles. Lista para al fin satisfacer a Sharon, le besó el monte de Venus y le separó los labios con dos dedos.
Aún no le había rozado la parte más privada de su anatomía con la lengua cuando un ruido fuerte e irritante las interrumpió. El móvil de Flo estaba sonando, y se llamó tonta a sí misma por no haberlo desconectado nada más enterarse del plan para esa noche.
-Ay, no, ahora no... -gruñó Sharon.
Por un momento, Flo se quedó quieta, indecisa. Esperaba que quien estuviera llamando colgase rápido, pero no. No tenía ni idea de quién podía llamarla a esa hora, pero la insistencia le hizo plantearse que podía ser algo importante. Con un resoplido y una mirada de disculpas hacia Sharon, se sacó el teléfono del bolsillo de sus vaqueros. Su expresión cambió por completo al ver quién era.
-Es Johanna -exclamó.
-¿Johanna? ¿Mi Johanna? -Sharon frunció el ceño.
Flora se mordió el labio.
-Creo que debería conetstar.
Sharon asintió, comprensiva. Su novia se volvió y se sentó al borde de la cama para contestar.
-Hola, Johanna, ¿qué...? ¿Johanna? ¿Johanna? ¿Dónde estás? No te oigo nada... ¡hay mucho ruido! Vale, ahora mejor. Dime. ¿¡Que has hecho qué!? ¡Dios! No pasa nada. No pasa nada. Sólo dime dónde estás y... ¡Por favor, no hables así! ¡No te entiendo! De acuerdo. Vale, estaré allí en unos minutos. No te muevas.
-¿Qué pasa? -quiso saber la neerlandesa en cuanto su novia colgó- ¿Está en peligro?
-Algo así -Flo se frotó la frente- O bien ha bebido demasiado o se ha tomado algo que no debía.
-¿¡Qué!?
Flo le hizo un gesto para que se tranquilizase. Después se puso los zapatos.
-Voy a llevarla a casa ahora mismo. No te preocupes.
-Bien -asintió Sharon en tanto se apoyaba contra la pared.
Desde el umbral, la giganta se volvió para ver una vez más a su novia antes de irse.
-Sharon, siento que tengamos que terminar la cita en otro momento. Te prometo que lo retomaremos justo donde lo dejamos muy pronto.

Por desgracia, no llegarían a terminar la cita esa noche. El sitio en el que Flo tuvo que ir a buscar a Johanna, un almacén sucio y lleno de estudiantes al borde del coma etílico, estaba en la otra punta de la ciudad. Tardó más de media hora en llegar y, tras ver en qué estado se encontraba Johanna, ambas tuvieron claro que no le permitirían entrar en la residencia, así que la mejor opción era llevarla a casa de Sharon.
Al parecer, un amigo de su compañera de cuarto los había invitado a una fiesta rave. Después, tras dos copas -Johanna no dejaba de decir que sólo habían sido dos- empezó a encontrarse mal. Su teoría era que alguien le había puesto droga en el vaso. Quería irse a casa, pero no encontraba a ninguno de sus supuestos amigos, así que al final había llamado a Flo.
-Aquí tienes -la más alta le dio a Johanna un vaso de agua y unas pastillas- Te sentará bien.
-Gracias -aceptó la pelirroja.
-No puedo creer que estuvieras allí -Flo sacudió la cabeza.
-Creí que sería divertido -Johanna se encogió de hombros. Balbuceaba y arrastraba las palabras, así que costaba entenderla- Nunca había ido a un rave, así que pensé...
-No te perdías nada, créeme. Esos sitios son peligrosos y no tienen ninguna gracia.
La austríaca iba a replicar algo, pero antes de poder abrir la boca, una fuerte náusea se apoderó de ella. Por suerte, Flo le había traído una bolsa de plástico para que no tuviera que pasearse entre la habitación de invitados y el baño. Sabía lo que era.
-Esto no es propio de ti, Johanna -dijo Flo con suavidad mientras le acariciaba la espalda.
Una vez terminó de vomitar, la menor la miró fijamente con los ojos entrecerrados.
-¿Cómo puedes decir eso? ¡No me conoces!
-Jo...
-No, en serio, ya estoy harta -se levantó de la cama, donde estaban sentadas -Todo el mundo me dice que he cambiado. ¿Y si así es como soy realmente?
-¿De veras lo crees?
-Pues sí. A lo mejor me cansé de intentar ser buena chica. ¿Es que no se le ha ocurrido a nadie que a lo mejor no me gustaba ser tan madura y tan empollona? ¿Que a lo mejor me gusta ir de fiesta?
Pero Flo no se dejó acobardar por eso. Siguió sosteniéndole la mirada.
-¿Te gusta?
Johanna asintió. Sin embargo, no fue capaz de mirarle a los ojos. La más alta insistió.
-¿Estás segura de que te gusta esto? ¿Disfrutas despertándote todos los fines de semana mareada y con jaqueca? ¿Te gusta acostarte con alguien a quien no le importas lo más mínimo y del que no recordarás ni el nombre dos horas después? ¿Te divertías las cinco veces que hemos tenido que parar el coche para que vomitases?
-¡Eso no es más que una pequeña parte! Lo pasamos bien cuando salimos, nos da igual tener resaca al día siguiente.
-¿Y cómo lo sabes si el día después no recuerdas nada?
-Bueno -Johanna encogió los hombros, desafiante- Sólo sé que me divertí. Estaba por ahí bailando y riéndome con mis amigos.
-¿Amigos? ¿Los mismos amigos que te dejaron tirada en ese antro? ¿Dónde estaban ellos cuando te desmayaste?
Entonces, la austríaca se derrumbó y rompió a llorar. Las lágrimas que caían por sus mejillas eran negras, pues hacían que se le corriera el perfilador de ojos.
-¿¡Por qué has tenido que decirlo!? ¡No los conoces! ¿Por qué dices que no le importo a nadie? ¡Sólo tome dos copas, y ya está! ¡No es culpa mía que algún hijo de puta me drogase!
Sus palabras dejaban de tener sentido. Además, el tono agudo en el que hablaba al llorar y sus balbuceos hacían que fuera más difícil entenderla. No obstante, hubo una frase que asustó a Flo. La giganta palideció.
-No, no, ¡yo no he dicho eso! Mira, no es que les importes... A lo mejor es que ellos también estaban demasiado borrachos.
Johanna levantó la mano para pedirle que no intentase arreglarlo. Respiró hondo y la miró una vez más.
-¿Por qué te esfuerzas tanto?
-¿En qué?
-En protegerme. No estoy hacienda daño a nadie, sólo a mí misma. Y no le importo a nadie, así que da igual.
-Te equivocas. ¡Le importas a mucha gente! -contradijo Flo.
-Sí, claro -la pelirroja suspiró- Di lo que quieras, pero sé que tengo razón. De hecho... ¿quieres saber por qué salgo y bebo? Porque mientras estoy de fiesta, no pienso en la mierda que es mi vida y en que no le importo a nadie.
-¡A mí sí! ¿Por qué iba a ir a buscarte, si no? -explicó la mayor- ¿Sabes lo que iba a hacer cuando me llamaste? ¡Estaba a punto de hacer el amor con Sharon! Pero no, en lugar de eso, decidí recorrer toda la ciudad tan rápido como pude por ti. ¿Y sabes por qué? Porque me importas. Y a Sharon también.
La sombra de una sonrisa apareció en la cara de la más joven. Sin embargo, antes de que Flo pudiera respirar aliviada, contenta de haber hecho que se sintiera mejor, se encontró con que la otra chica presionaba sus labios contra los suyos.
-¿¡Q-qué haces!? -tartamudeó mientras trataba de zafarse de la pelirroja.
-Me deseas -fue lo único que dijo Johanna- Me deseaaaas -canturreó en un susurro al tiempo que le acariciaba la cara de shock con el dedo- Por eso viniste corriendo a buscarme y me dijiste que rompiera con Marco. Querías tenerme para ti sola.
-¡Nunca te dije que rompieras con él! -replicó Flo- Sólo dije...
-¡Sssh! -entre risillas, la austríaca volvió a besarla.
A pesar de lo borracha que estaba, la chica era bastante fuerte. A Flo le estaba costando deshacerse de ella.
-¡Johanna, por favor! -le sujetó los hombros con firmeza- No quieres hacerlo. Sólo es el alcohol.
Se levantó de la cama tan rápido como pudo, pero eso no detuvo a Johanna. Continuó persiguiéndola con aquella sonrisa diabólica; sus ojos verdes brillaban con lujuria. De repente, la pelirroja la empujó contra la pared, la palma de su mano apoyada en ésta junto a su cabeza mientras le acariciaba la cadera con la otra mano.
-Me dijiste que viviera la vida -dijo- Me dijiste que necesitaba nuevas experiencias. Dámelas. Enséñame a divertirme de verdad.
Su aliento se acercaba peligrosamente a su boca. Era una mezcla de cigarrillos, vodka barato y pintalabios. Flo ya no sabía qué hacer para quitársela de encima. La reacción de Johanna la había pillado por sorpresa e indefensa. Y todo empeoró cuando sintió que una de las manos de la austríaca se deslizaba dentro de sus vaqueros.
-Fóllame -suplicó Johanna- Quieres hacerlo. Sabes que sí.
Flo cerró los ojos con fuerza. Uno de los dedos de su joven amiga ya le acariciaba una parte muy íntima. No podía dejarla ir más lejos. Preocupada de no controlar su fuerza y hacerle daño, al fin le agarró la muñeca y la empujó, lo cual hizo que cayera en la cama.
-Te volveré a hablar cuando estés sobria. Es imposible razonar contigo.
Sin volverse ni darle tiempo a hacer nada, salió y cerró de golpe. Con la espalda apoyada contra la puerta, inspiró en profundidad. Tenía el corazón acelerado. La escena la había dejado muerta de miedo, pero le preocupaba aún más la humedad que tenía entre las piernas. Con tanta interrupción, desde luego iba a tener que tocarse esa noche...

8, abr | 7 comentarios Posteado por: lowlands En: El Maravilloso Mundo de la Ficción compártelo Tags: deseos internos, rpf, fanfiction, angst, romance

"¡Pero si no eres nativa!"

Esta fue la primera frase que oí de una de mis alumnas de Alemán nada más conocerla. De hecho, es a ella a quien le debéis agradecer este post, que va a seguir un estilo bastante diferente de lo habitual en mí. Fue ella quien me inspiró esta entrada después de dejar mis clases simplemente porque quería un profesor nativo.

Parece que está de moda hoy en día. A todos nos gusta poder decir "Estoy yendo a clases de inglés con una americana" o "Mi profesor de árabe es marroquí". Suena guay, ¿verdad? Queremos lo mejor. Queremos aprender de los expertos. Porque por supuesto, nadie nos puede enseñar mejor el alemán que alguien que ha crecido ocn ello, ¿verdad?

¡FALSO! Si bien es cierto que es muy importante tener contacto con nativos para recibir una buena visión del idioma real, de cómo habla la gente en la calle con sus amigos y familiares, ser nativo no te convierte en el profesor de idiomas ideal automáticamente. Está claro que alguien que ha crecido oyendo y hablando un idioma todos los días de su vida y se ha criado en una cultura con sus valores y tradiciones desde pequeño, seguramente tenga un nivel más alto que alguien que lo aprendió en el colegio o por su cuenta. Sin embargo, eso no es todo lo que se necesita para enseñar un idioma. Hablar seguramente sea lo principal al aprender un idioma, pero no es lo único. A continuación, veamos algunos ejemplos:

1. Vocabulario

Se tiende a creer que un nativo tendrá un vocabulario más amplio. Sin embargo, se ha demostrado que en el día a día sólo utilizamos unas 1000 palabras como mucho. Y estamos hablando de nuestra lengua materna. Sólo los individuos especialmente cultos utilizan más palabras. Por ejemplo, dudo que muchos alemanes sepan qué es una Aquarienpumpe, palabra que aprendí yo en segundo de carrera. Eso supone que todos los que han aprendido otro idioma en profundidad (como es el caso de los traductores) a menudo sepan más palabras que los mismísimos nativos.

2. Hablar y escuchar

Al igual que hacemos con nuestra lengua materna, aprendemos a hablar por imitación, sea a nuestros padres o a nuestros profesores. Muchos argumentan que un profesor no nativo es una mala influencia, pues no escuchamos un accento "perfecto". Puede que sea cierto, pero esas personas olvidan algo muy importante. El trabajo individual y autónomo es esencial para aprender una lengua. Si no practicas por tu cuenta, por muy buenas que sean las clases que recibes, nunca aprenderás. Si realmente te interesa oír el idioma "real" y diferentes acentos nativos, tienes una amplia variedad de posibilidades: ver películas o series en versión original, escuchar música o radio, visitar chats y foros para comunicarte con nativos, hacer amigos de otros países...

3. Escribir

Sin ánimo de fardar, más de una vez me han dicho "Escribes mucho mejor que la mayoría de ingleses/alemanes". Una persona normal, a no ser que esté estudiando o le interese especialmente la escritura, no la practica todos los días. En contra de lo que muchos dicen, la única manera de aprender a escribir es ¡escribiendo! Leer también ayuda, pero practicar es mucho más importante. Así que en este caso no influye para nada el ser nativo o no. Sólo alguien que escriba regularmente puede enseñarte a redactar.

4. Traducción

Como nos decía una de nuestras profesoras en la universidad, muchos creen que sólo por entender o hablar un idioma ya pueden traducir. No podrían estar más equivocados. En primer lugar, no tienes que dominar bien un idioma, sino dos, y no se trata sólo de entender. También es necesario saber expresarse. Pongamos por ejemplo que estamos aprendiendo a traducir del alemán al español con un nativo alemán. A no ser que esta persona sea casi bilingüe y tenga amplios conocimientos de español, no será capaz de decirte si la frase que has escrito suena correcta y natural en ese idioma o si se nota a la legua que lo has traducido literalmente de otra lengua.

5. Gramática

Y llegamos al punto más conflictivo en la enseñanaza de idiomas. Hay quien dice que está sobrevalorada y no es necesaria, mientras que otros creen que es algo primordial. Personalmente, yo creo que la necesitas para hablar y escribir correctamente, sobre todo en las primeras fases del aprendizaje. Encontrar un nativo que te pueda enseñar bien la gramática es muy difícil. A no ser que hayan recibido la formación específica para ello, la mayoría no saben nada de gramática. Aprendieron su lengua materna de forma instintiva, igual que nosotros aprendimos la nuestra. Nunca se pararon a reflexionar qué estructuras empleaban o por qué algo es correcto o no. De hecho, puede que incluso cometan más errores que los que lo aprendieron como lengua extranjera. La mayoría de los alemanes no saben utilizar el Konjunktiv. Recuerdo que una auxiliar de conversación británica alucinaba cuando alguien le preguntó por el genitivo sajón. Y no hablemos de intentar que un español te explique las reglas de ser y estar. Por otro lado, al principio del aprendizaje, cuando apenas sabes presentarte y saludar, te costaría horrores entender una explicación de gramática en el idioma que avabas de empezar a aprender...

Aparte de todo lo que ya he dicho, hay otra buena razón por la que un profesor no nativo puede ofrecer ventajas. Alguien que comparte tu lengua materna y ha aprendido una lengua extranjera igual que tú sabe por lo que estás pasando. Sabe qué cosas te pueden costar y te podrá dar más pistas o trucos que le sirvieron para aprenderlo. También habrá muchos que defiendan que todas estas ventajas se pueden encontrar en profesores nativos con una formación específica para enseñar su idioma a extranjeros. No obstante, no son fáciles de encontrar y  no suelen ser la opción más asequible. De todos modos, la conclusión a la que yo quería llegar es a lo mismo que nos dejaron claro desde el principio en el máster del año pasado: no es tu nivel ni tus conocimientos lo que te convierte en un buen profesor, sino tu capacidad de comunicarte y transmitir lo que sabes a tus alumnos.

25, mar | sin comentarios Posteado por: lowlands En: Historias nymkateamínicas compártelo Tags: desahogo rapido, estudios, idiomas

Me toca lah pelotah

Llevo varios días resfriada con este cambio de tiempo repentino. Lo último que debo/me apetece hacer es andar por ahí paseándome por la calle con este frío. Encima, con la nariz taponada se duerme muy mal. Total, que me levanto con dolor de cabeza, algo antes de lo que me levantaría un miércoles cualquiera porque me toca una caminata de aproximadamente media hora y otra media de vuelta. Me di el mismo paseíto ayer por la tarde, pero resulta que sólo te atienden en horario de mañana.

En fin, el caso es que voy hasta allí. Explico lo que he venido a hacer: un servicio del ayuntamiento recogió a mi gato, que se tiró desde el balcón el domingo. Ahora mismo, el animalillo está en la perrera de un pueblo a 86 kilómetros. No tengo coche; pero eso no importa, dicen que me lo pueden traer a casa cuando vengan a buscar a otro que haya corrido la misma suerte. Puede ser en dos horas, o tal vez en dos semanas. Pero antes, tengo que pasarme por la Policía Local para pagar unas tasas. Sí, encima te cobran.

Al contarle el motivo de mi llegada al tipo de la entrada, me mira como si le acabase de hablar en chino. Llama a un compañero suyo para preguntarle. Le digo que no hace falta, que el día anterior ya me dijeron dónde tenía que ir. Me dirijo a la oficina. Una vez dentro, la misma historia. Vuelven a quedarse como si les acabase de dar una conferencia sobre la física cuántica del arpa en la obra de Goethe. Total, que me llevan a otro despacho. Preguntan al tipo. No tiene ni idea, él no se encarga de esas cosas, así que hace una llamada a otro compañero. Resulta que está haciendo no sé qué, así que llaman a otro. El otro tampoco sabe qué hago yo allí. Ni siquiera se había enterado de que se encargaban de ese tipo de cosas. Así que el mismo que me acompañó allí me dice que va a buscar a no sé qué otro, que seguro que puede resolver mis dudas. Me pide que espere.

Poco después, viene para devolverme una carpeta que dejé en la oficina anterior (cosa que agradezco) y me dice que el compañero en cuestión estará allí en media hora (!!!), que me tome un café mientras tanto. Ya son casi las 11, y yo tengo clase a las 11:30. Le digo que no puedo esperar tanto. Me sugiere que deje mi teléfono y me llaman cuando puedan, o que vuelva luego después de mi clase. Sólo ante la perspectiva de tener que volver otra vez allí al día siguiente (recordemos: sólo horario de mañana. Si salgo a las 12:30 y tardo una media hora en llegar, a lo mejor con suerte aparezco justo cuando ya se han ido), que además no tengo tiempo, acabo resignándome a esperar la media hora. Así que me siento allí en el despacho mientras el tipo que está allí habla por teléfono con otro de no sé qué profesora amiga suya, que es una mujer muy simpática.

Espero a que el tipo termine la conversación y le pregunto qué va a pasar ahora y si tengo que hacer algo. Vendrán a buscarme. Me dice que intentará ver cuánto van a ser esas tasas. Le comento que uno de sus compañeros me había dicho la tarde anterior que rondaban los 6 euros por día que el animalito pase en la perrera. Cuando pasa otro compañero suyo que viene a saludarle, le cuenta lo mío y oigo que a otras personas a las que les ha pasado algo así les han cobrado alrededor de 90 pavos. Con lo hinchadas que tenía ya las pelotas, aquello no me sienta especialmente bien, y el que el recién llegado no deje de hacerme preguntas y comentarios estúpidos sobre mi gato ("¿Así que blanco y negro, eh?" "Oye, pues te lo cuidaron bien los vecinos. Al parecer le dieron pan, chorizo y un poco de leche")

Mientras espero, llamo a la academia para decirles que estoy con trámites y parece que va para largo, así que será mejor que avisen a mi alumna y cancelen la clase, pues no sé cuándo voy a llegar. Otros 10 pavos menos para este mes si no recuperamos la clase. Mientras tanto, los otros dos siguen intentando informarse. Sólo por recoger al gato, lo más probable es que me cobren como 40 €, lo que no saben es si a lo mejor me los tendrá que cobrar el propio servicio o si lo tendré que ir a buscar allí por cojones, en contra de lo que me habían dicho por teléfono.

Al fin, después de las vueltas y la espera, cuando estoy en plena partida de Fruit Ninja para aliviar las ganas de morder a alguien, aparece el que va a resolverme las dudas. Me pide que vaya con él a su despacho. Supongo que por el camino se nota demasiado que estoy una mezcla entre desesperada y con los instintos asesinos disparados. Para intentar suavizar las cosas, el hombrecillo intenta darme algo de conversación: que si qué le pasó al gato, que cómo es que no me enteré, si se hizo daño al caer desde un 4º piso... Una vez en la sala, la enésima llamada del día, esta vez al servicio de recogida de animales a ver cuánto me van a cobrar, si lo tengo que ir a busar, etc, etc. Me preguntan si yo tengo posibilidad de ir hasta allí (¿¡con qué coche!?) Por fin parece que está todo claro. Me lo cobran todo allí mismo, y los otros me traen al gato cuando vuelvan a la ciudad. Tienen mi teléfono, así que me avisarán. Menos mal (una pequeña gotita de agua en un maldito desierto) que este último compañero es enrollado y me hace una rebaja bastante generosa porque "Con el disgusto que tienes, me sabe mal cobrártelo todo. Si me preguntan, diré que no tenías más dinero." A todo esto, estoy de vuelta en el centro a las 11:45, con lo cual habría empezado la clase unos 20 minutos tarde entre lo que tardo en llegar a la academia (suponiendo que mi alumna no se hubiera largado antes). Habría avisado de que iba a llegar tarde simplemente, pero es difícil cuando no sabes si vas a tardar diez minutos o 3 horas en salir...

Dicen que todo está lo que bien acaba. Esto todavía no ha terminado, pero al menos lo peor ya ha pasado. Cruzo los dedos porque los de la perrera vengan pronto y  no me pongan pegas por haber pagado menos. Aun así, esto ilustra perfectamente uno de los motivos por los que este país me pone enferma. Cada vez que tienes que hacer un trámite, te tienen de un sitio a otro porque parece que nadie tiene ni idea de nada. Los funcionarios y compañía parecen disfrutar de pasarse la pelota entre ellos, como si su principal objetivo fuera sacarte de quicio para que acabes dándolo por perdido y yéndote. Y menos mal que iba a tener que pagar, porque si llegan a ser ellos los que me tienen que pagar a mí, probablemente en junio todavía seguiría haciendo cola en no sé qué despacho...

21, mar | sin comentarios Posteado por: lowlands En: Historias nymkateamínicas compártelo Tags: lo que realmente me saca de mis casillas, estados de animo, estereotipos, personal